¿QUE ES LA DEPRESIÓN?

La depresión   es una de las enfermedades que más nos preocupan, por eso intentamos tratarlo desde todos los ángulos.

¿Depresión o tristeza?

En muchas ocasiones se confunden con otras enfermedades y, a pesar de que podría parecer que está íntimamente ligadas, la realidad es que el hecho de que una persona sienta un profunda tristeza no implica que por ello esté sufriendo una depresión. De la misma manera, se ha tendido a utilizar con facilidad el término “estoy deprimido” cuando se hace referencia a estar de “bajón”, a un día en el que no apetece hacer nada o en el que la apatía y la tristeza pueden con uno.

Por lo tanto, podríamos definir la depresión como un trastorno anímico, que se manifiesta como un proceso de abatimiento e infelicidad que puede ser transitorio o permanente. Muchas personas hablan de depresión, incluso muchos creen tenerla, lo que se ve incrementado por el hecho de que hoy en día se sobrediagnostica la depresión, o se diagnostica mal, llegando a tratarla en personas que sólo están tristes o atraviesan un momento delicado en su vida.

La depresión suele afectar a mucha gente a lo largo de su vida. Hay ciertos momentos en que podemos ser más vulnerables a ella, como el proceso de duelo por la pérdida de un ser querido o problemas económicos o laborales, la ruptura de una pareja, etc.

Si bien algún pequeño sentimiento depresivo es normal en alguna parte de nuestra vida, una depresión mayor es una condición seria que debe ser tratada porque afecta a todos los ámbitos de la vida de la persona, tanto su vida social, como laboral y personal.

Generalmente, la persona depresiva tiende a buscar ayuda por la insistencia de algún familiar que le hace percibir su realidad. Normalmente, la primera persona a la que se acude es al médico de familia, tenemos que tener en cuenta que cada vez están más especializados en este tipo de enfermedad aunque a veces pueden dar pastillas directamente en lugar de derivar a una atención psicológica, pero cada vez se tiene más en cuenta la psicología como un medio para volver a encontrar la luz.

Síntomas de la depresión

Según el DSM-IV hay diferentes tipos de depresión dependiendo de los síntomas y la duración de estos en el tiempo: Depresión mayor- episodio único, depresión mayor recidivante, trastorno distímico y trastorno depresivo no especificado. De ahí que sea tan importante un buen diagnóstico, no sólo para diferenciar entre tristeza y depresión sino también para poder diseñar el tratamiento adecuado para el paciente.

Antes de explicaros los síntomas de la depresión tenemos que tener en cuenta que hay determinados criterios que se deben de cumplir para poder diagnosticarla, en este caso nos vamos a centrar en la depresión mayor.

En primer lugar, para diagnosticar depresión se necesita que se den cinco o más de los siguientes síntomas durante un periodo de 2 semanas y que deben de reflejarse en la actividad de la persona. En concreto, uno de los síntomas debe ser 1 estado de ánimo depresivo o 2 pérdida de interés o de la capacidad para el placer.

  1. Estado de ánimo depresivo la mayor parte del día, casi cada día según lo indica el propio sujeto (p. ej., se siente triste o vacío) o la observación realizada por otros (p. ej., llanto). En los niños y adolescentes el estado de ánimo puede ser irritable.
  2. Disminución acusada del interés o de la capacidad para el placer en todas o casi todas las actividades, la mayor parte del día, casi cada día (según refiere el propio sujeto u observan los demás)
  3. Pérdida importante de peso sin hacer régimen o aumento de peso (p. ej., un cambio de más del 5 % del peso corporal en 1 mes), o pérdida o aumento del apetito casi cada día. Nota: En niños hay que valorar el fracaso en lograr los aumentos de peso esperables
  4. Insomnio o hipersomnia casi cada día
  5. Agitación o enlentecimiento psicomotores casi cada día (observable por los demás, no meras sensaciones de inquietud o de estar enlentecido)
  6. Fatiga o pérdida de energía casi cada día
  7. Sentimientos de inutilidad o de culpa excesivos o inapropiados (que pueden ser delirantes) casi cada día (no los simples autorreproches o culpabilidad por el hecho de estar enfermo)
  8. Disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, o indecisión, casi cada día (ya sea una atribución subjetiva o una observación ajena)
  9. Pensamientos recurrentes de muerte (no sólo temor a la muerte), ideación suicida recurrente sin un plan específico o una tentativa de suicidio o un plan específico para suicidarse.

Muchos de los pacientes que sufren o han sufrido depresión lo definen en palabras coloquiales como un momento en el que han perdido la luz de sus vidas, están sumidos en una oscuridad que parece que nunca va a alcanzar el fin, es como si la vida les costara, como si respirar fuera demasiado trabajo para sí mismos e incluso, en los momentos más difíciles es como si estuvieran “muertos en vida” pues están vivos pero sin la capacidad de sentir otra cosa que no sea dolor.

El sentimiento de soledad y vacío en estos casos suele ser desbordante, lo que no implica que realmente estén solos, simplemente no pueden percibir ni sentir la calidez de las personas que se encuentran a su alrededor, porque no hay nada que les calme (en los momentos más graves).

Se pierde la capacidad de sentir, del placer, las ganas de vivir pero a todos los que estéis pasando por este momento, permitidme que os diga que todos los días sale el sol por lo que, a pesar de que la oscuridad de la depresión y la tristeza agónica no os permita ver su luz, todo dolor es temporal y podréis salir de ella.

Causas de la depresión

Las causas aún no están muy claras, ni siquiera para los especialistas, pero sí hay varios factores que pueden incidir en la prevalencia de esta enfermedad.

  • Factores hereditarios: estudios realizados con familiares de personas tendentes a la depresión, muestra que dentro de una misma familia, se incrementan las posibilidades de padecerla.
  • Factores fisiológicos: la depresión se debe a ciertas alteraciones del sistema nervioso relacionadas con una deficiencia en la actuación de los neurotransmisores. Por eso, los medicamentos utilizados para tratarla, suelen ser estimuladores del sistema nervioso.
  • Factores sociales: una mala calidad de las relaciones con nuestros semejantes, puede crear un sentimiento de soledad que se convierta en depresión
  • Factores físicos: la prevalencia de depresión aumenta en aquellos países que reciben poca irradiación sola

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SÍNDROME DE PETER PAN

A pesar de que el Síndrome de Peter Pan es un término muy utilizado entre la población, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) no lo incluye en ninguna de sus revisiones. Esto supone que no es considerado como un trastorno psicológico ni una enfermedad mental por gran parte de los profesionales de la salud, pero sí se podríamos considerarlo como un concepto que agrupa unos rasgos comunes en muchos hombres de una determinada edad.

Características del Síndrome de Peter Pan

Cuando hablamos del Síndrome de Peter Pan hacemos referencia a ese sentimiento de no querer crecer y, suele estar mayormente vinculado al género masculino con personalidad narcisis. Podríamos decir que se ha producido una fijación en la evolución de la personalidad del sujeto.

Éste síndrome se caracteriza, mayoritariamente, por una falta de madurez tanto en los aspectos emocionales como en los sociales, en algunos casos puede darse incluso en el aspecto laboral.

Los rasgos que se le atribuyen son muy variables: irresponsabilidad, dependencia, cólera, manipulación, rebeldía, egoísmo, inmadurez, etc.

¿Por qué?

Algunos de los profesionales de la psicología que han hablado sobre este tipo de síndrome lo relaciona con una infancia extremadamente feliz y con el miedo al fracaso a no adaptarse a una nueva etapa, la adultez.

Todos los rasgos que definen a este tipo de persona no es nada más que una coraza que lo protege de su propia inseguridad, el miedo al cambio es tan atormentador que prefiere quedarse relegado a lo conocido, a esa sensación de cambiar y no madurar por temor a no ser aceptado por las personas a las que quiere o que le importan.


Suelen mostrarse como personas muy cerradas que saltan de relación en relación para evitar la verdadera intimidad, el momento en el que uno se muestra a otra persona interiormente perdiendo las barreras que lo protegen de un posible rechazo o desencantamiento.

Sí todos estos síntomas afectan a tu relación de pareja, no dudes en consultarnos.

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¿POR QUÉ EMPIEZAN A MENTIR LOS NIÑOS?

Todos los padres advierten en algún momento de su vida como educadores, que sus hijos/as comienzan a utilizar de modo continuo la mentira,  creando una sensación de decepción y frustración en ellos, ahora os mostramos algunas de las causas y como se sienten dichos padres ante el conocimiento de la mentira.

POR QUE MIENTEN LOS NIÑOS. PSICOSALUD BENIDORM

  1. La sensación de haber traicionado la verdad instalada en el vínculo puede conducir al ocultamiento de que se trata del hijo y no de amistades, socios, familiares, parejas, vecinos, compañeros de trabajo, de la vida escolar, etc. En tanto que se le cobra, al hijo, cuando miente, deudas de otras experiencias, las respuestas no corresponden a la edad y desconfiguran la imagen que de él se ha construido.
  2. Constituirse en agencia de investigación acerca del origen de la mentira; no obstante que el hijo acepte que mintió, padres y madres se empeñan en conocer el trasfondo del acto falso. Su motivación indagadora los puede dirigir a establecer conexiones, vislumbrar escenarios y formular hipótesis de forma que se concentren más en la raíz lógica de la mentira y no en el trastocamiento de la relación ni en el impacto sobre el desarrollo del hijo.
  3. Conformar un tribunal que transita de la averiguación previa al procesamiento de la presunta responsabilidad. Generalmente no existen muchas posibilidades de diferenciar el acto de mentir  del daño estructural o secundario. La actitud enjuiciadora predomina ante cualquier otro factor.
  4. Acudir con un especialista para que apoye en la enmienda moral del sujeto mentiroso, con la visión de que el mentir no tiene relación alguna con el resto de la familia, lo que difícilmente se mantendrá en la medida de las exploraciones.

 

Las mentiras son temas cruciales de la vida familiar. Imagínese lo complicado y penoso que sería si nunca pudiéramos confiar en lo que la gente nos dice. Resultaría imposible si tuviéramos que comprobar y verificar todo lo que nos cuentan. (Ekman, 1998: 18)

 

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Motivos para mentir en la infancia

Dado que hay múltiples maneras de mentir, también son numerosas las razones. Además de no ser común que se analice la mentira que a menudo aparece en forma sorpresiva, lo que provoca que las reacciones se conduzcan en el carril de la conducta emocional, reservando a la racionalidad un papel nada protagónico; se tiene la costumbre de mezclar situaciones revolviendo los conceptos, como es el caso de esconder y mentir o dañar y ocultar, lo cual más allá de su claridad tiende a ocupar el sitio del motivo de mentir. Cada acción mentirosa tiene su propia especificidad como fuente; sin embargo, sí hay cierta recurrencia en los menores cuando se lleva a cabo, como se muestra en la siguiente lista que detona la mentira:

 

 

  1. Evitar ser castigado.
  2. Obtener algo que no se podría conseguir de otra manera.
  3. Proteger a los amigos de problemas.
  4. Protegerse a uno mismo o a otra persona de algún daño.
  5. Ganarse la admiración o el interés de otro.
  6. Evitar crear una situación social embarazosa.
  7. Evitar la vergüenza.
  8. Mantener la intimidad.
  9. Demostrar el propio poder sobre una autoridad. (Ekman, op. Cit. 50)

Empero, el brote de una mentira no es un fenómeno desconectado de entornos, atmósferas afectivas y esquemas de relaciones humanas, pese que al tener conocimiento de la mentira “el sujeto mentiroso” es desconocido en la representación moral de quienes lo miran.

 

En este sentido, la observación de la mentira tiene que constituir un ejercicio intelectual que demanda sobre todo la preservación del control de las emociones, aunque regularmente sea abrupta la aparición del hecho falseado. Los estudios orientados a la comprensión de la mentira infantil apuntan  hacia tres aspectos: inteligencia, inadaptación y personalidad. Al establecer nexos entre la frecuencia a mentir y la inteligencia, surge el dato en que los menores que cuentan con coeficientes intelectuales más altos en promedio, mienten menos que aquellos cuyos coeficientes son inferiores, lo cual genera todo tipo de análisis, en los que se concluye que la dotación alta de inteligencia favorece el cumplimiento del orden, haciendo innecesaria la alteración de la “verdad” en un mundo que les resulta sencillo y que le recompensa su apego a las normas. La inadaptación es un aspecto notable, ya que el mentir comúnmente refleja estados de inconformidad con el medio. La personalidad relacionada con la mentira representa la convergencia de diferentes factores condensados en tres grupos: físicos, culturales y psicológicos. El mentir se puede diferenciar como un acto esporádico o estructural. La personalidad se asume en una elaboración de imágenes en donde socialmente se espera un modelo concreto de existencia, misma que se convierte en la actuación al gusto de los demás, generando un terreno fértil para la mentira.

¿Por qué mienten los niños?

Juan Pedro Valencia, psicólogo infantil, nos explica los motivos de las mentiras desde temprana edad:

Menos de 3 años: Por debajo de esta edad los niños no mienten aunque digan cosas que no son verdad, pues para ellos sí lo son y con eso les basta.

Entre 3 y 5 años: La mentira no se produce de forma consciente, sino como elemento constituyente de sus juegos e historias fantasiosas. La mentira es un elemento más del juego y no hay que darle demasiada importancia, salvo que se extienda a su comportamiento habitual o se convierta en la forma por excelencia de obtener lo que quieren.

También les sirve para aprender que no siempre los adultos saben todas las cosas -lo cual es positivo y permite adquirir una mayor tolerancia a la frustración-; que puede ser una forma útil de llamar la atención en algunos casos, o que les permite evitar consecuencias negativas, como por ejemplo, un castigo.

A veces, mienten simplemente porque imitan lo que ven, es decir, absorben nuestras formas de actuar, de comportarnos y también, por qué no decirlo, de mentir. Asimismo, si nuestro nivel de exigencia es demasiado elevado, puede influir de tal forma que al no poder cumplirlo mientan para evitar defraudarnos y eliminar la tensión que les supone asumir esa responsabilidad desproporcionada: la mentira puede convertirse en una válvula de escape que enmascare una ansiedad demasiado elevada.

A partir de 5 años: A esta edad comienzan a mentir de forma consciente, cuando ya suelen distinguir la diferencia entre lo que es cierto y lo que no lo es, aunque aún no tienen claro que mentir sea algo incorrecto. Las mentiras pueden producirse tanto por inseguridad y falta de autoestima -que intentan ocultar mediante la mentira- o bien para probar y ver las reacciones de los adultos y comprobar hasta dónde pueden llegar. En algunos casos, se trata de una forma de obtener afecto (que puede significar la existencia de problemas emocionales no resueltos) y que en la adolescencia puede convertirse en una forma de obtener más intimidad o de ocultar otros problemas más graves.

La mentira puede ser un síntoma que nos indique la personalidad de nuestro hijo:

• El niño tímido que se evade al sentirse desamparado.

• El niño agresivo y colérico que no encuentra la reacción adecuada.

• El niño temeroso que trata de huir del peligro.

• El niño vengativo que busca desquitarse.

La totalidad de la vida social es una actuación en la que todos interpretamos los papeles que se esperan de nosotros

Erving Goffman

¿Cómo saber si miente?
A menudo es muy difícil para los papás saber si los niños están diciendo la verdad o no. Cuando dicen la verdad, generalmente están relajados y sus expresiones faciales lo demuestran. Cuando mienten, sus expresiones faciales pueden demostrar esta ansiedad. Los padres deben escuchar cuidadosamente lo que sus hijos les dicen. ¿Existen contradicciones en lo que dicen? ¿Tienen sentido sus palabras? ¿Es creíble lo que dicen? Si los niños dicen la verdad, usualmente sus palabras no suenan ensayadas, si lo que dicen suena ensayado, los padres pueden hacer preguntas para ver cómo reaccionan al contestarlas.

El punto relevante, por consecuencia, no es la mentira en sí misma y aislada de la dinámica social, pues estar con otros prescinde de condicionarse al empleo absoluto de la verdad; sino al cumplimiento de normas que regulan la coexistencia.

Jean Piaget (1896-1980), en sus afanes por comprender cómo se construye el conocimiento en los seres humanos avizoró que el desarrollo de la inteligencia adopta rutas hermanadas con el desarrollo moral, siendo así que los pequeños esbozan trazos rudimentarios de la modificación de la realidad a la par que son capaces de intercambiar mensajes precisos con su entorno, que es a su vez un grado de complejidad cognitiva; no obstante, el cumplimiento conceptual de la mentira es posible, si y sólo si, el sujeto tiene la certeza de estar trasgrediendo una disposición, por lo que no debe perderse de vista que al mentir se elige un sendero alterno al convenido, lo que coloca al sujeto que miente en un sitio de certeza para él, con  una ración elemental para intuir los alcances de sus actos. En esta perspectiva, sí hay un incremento en el uso de la mentira en los niños cuando se van haciendo mayores, sin reserva del manejo que pueda hacer de sus emociones, mismas que tienen participación en formato de culpa, miedo y alegría.

Los rasgos a manera de habilidades para mentir en un niño requieren de lo siguiente: empatía; uso del lenguaje adecuado; control emocional; velocidad de pensamiento y lenguaje y capacidad de planeación. Revelándose que si bien la mentira frecuente tiende a provenir de coeficientes no siempre altos, sí es necesario un conjunto de capacidades que de manera articulada llevan la mentira a la tierra del éxito. El mentiroso común basa su continuidad en el logro, sus mentiras son mayoritariamente bienaventuradas.

La mentira exitosa en el niño le llega a conceder un margen de fuerza, poder y autonomía (Ekman, op. Cit. 122).

 

Lawrence Kohlberg (1927- 1987), discípulo de Piaget continuó las exploraciones sobre el desarrollo moral y sistematizando un proceso cronológico:

Etapas Edad Qué es lo correcto Razones para ser bueno
0 4 Conseguir lo que quiero.
Lo que yo quiero es lo justo.
Conseguir recompensas y evitar castigos.
1 5-6 Hacer lo que te dicen.
Lo que te dicen los adultos.
No meterse en problemas.
2 6-8 Hacer a los demás exactamente lo que ellos te hacen a ti. Qué obtengo yo de ello.
3 8-12 Vivir de acuerdo con las expectativas de los demás. Para que los demás piensen bien de mí y puedo yo pensar bien de mí mismo
4 12 + Cumplir con las obligaciones de la sociedad. Mantener unida la sociedad; ser un buen ciudadano.

 

Por supuesto que tal propuesta es susceptible de cuestionamientos, lo que no deja de ser una aportación para considerar que la falsedad o veracidad tienen que ver con el avance cognitivo y moral de los menores. Además de recordar a madres y padres que las ópticas son a menudo muy diferentes y que ello implica asignación de valores igualmente diversos.

Como se mencionó al principio, las reacciones ante la mentira no son únicas, se sujetan a particularidades y contextos que se conjugan con significados preexistentes. Ante esto no está de más presentar una breve tipología de las mentiras en los niños:

  • Mentiras piadosas
  • Mentiras sociales
  • Mentiras relacionadas con la autoridad
  • Mentiras a los progenitores / tutores
  • Mentiras a los profesores

Desde luego que no se desprenden de un carácter coloquial y quizá no es lo relevante, sino la actitud que se asuma cuando se encuentre ante alguna de ellas, máxime si se sabe que es imposible evitar las mentiras en los hijos. Que lejos de su cancelación definitiva se pueden generar circunstancias favorables como es la facilitación del diálogo, reglas con margen de flexibilidad y el aprecio mutuo. De igual manera, el manejo emocional en el adulto, cuidar la radicalización de las medidas; no se debe descartar el componente de negociación, aún en la experiencia de la mentira.

Cierto es que no debe privar la desconfianza en las relaciones humanas, aunque no es excesivo reorganizar las observaciones hacia los hijos, especialmente en puntos como: su entorno de amigos, el empleo del tiempo libre, sus experiencias de goce, el papel de los medios electrónicos en él, comportamiento y desempeño escolar, sus nociones de familia, emociones representativas, actitud ante las normas y sobre todo considerar que el abandono de la mentira se vincula con el temor a la desaprobación, necesitándose con enormidad la cautela y no injuriar.

Todos los niños mienten en algún momento. En los menores de cinco años, el mundo mágico de los sueños, deseos y fantasías, no siempre se diferencia de la realidad.

  

Pero cuando la mentira se convierte en algo crónico pasada esta edad, revela un problema más profundo de inseguridad o falta de autoestima que conviene averiguar y tratar. Si no quieres que tu hijo mienta a todas horas, evita hacerlo tú delante de él.

Todos mentimos en algún momento: por conveniencia, vergüenza, interés, respeto o necesidad. Por piedad, desesperación, defensa o simplemente por gusto. Las mentiras crecen con nosotros y evolucionan junto con nuestra personalidad. Pero si la mentira es persistente y trastorna nuestra vida y la de los que nos rodean, se convierte en algo patológico y peligroso.

Los padres desean que sus hijos no les mientan nunca, que confíen en ellos y les digan siempre la verdad. Para lograr esto, hay que inculcar ciertos hábitos de conducta y darles ejemplo desde pequeños. Mentir es una parte natural del desarrollo mental del niño y ciertas mentiras son positivas, pero si tu hijo es muy pequeño, es peligroso que se dé cuenta de que alterando la realidad obtiene un beneficio, porque así aprende a decir mentiras para evitar sus responsabilidades, y de adolescente engañará para probar sus propios límites y salirse con la suya.

¿Qué hacer cuando mi hijo miente?

Lo primero es intentar averiguar el porqué de ese comportamiento para así poder corregir lo que de nuestra parte pueda estar influyendo en el mismo y, en caso de que sea exagerado, poder recurrir a un profesional que pueda analizar el problema y orientarnos en la mejor forma de solucionarlo.

No obstante, Juan Pedro Valencia nos da una serie de pautas que podemos emplear para evitar en lo posible las mentiras de nuestros hijos:

– Dar ejemplo: Es difícil pedirle que no mienta si nosotros lo hacemos de forma habitual. Frases tan comunes como decir “Si me llaman por teléfono, di que no estoy”, pueden confundir al niño si luego le recriminamos por decir él algo parecido.

DAR EJEMPLO NO MINTIENDO PSICOSALUD BENIDORM

– Crear un clima de confianza que le sirva para tener la seguridad de que puede contarnos todo con tranquilidad y sin miedo.

Explicarle claramente la diferencia entre la verdad y la mentira. Esto es especialmente importante en edades tempranas, donde, además, ajustaremos la explicación a su edad.

Felicitarle cuando nos diga la verdad, especialmente si la misma conlleva riesgo de ser castigado. Por supuesto, si ha actuado mal y nos lo confiesa sin mentir no significa que no le debamos castigar, sino que separaremos claramente lo que es un comportamiento inadecuado por su parte de lo que el niño significa para nosotros: le queremos por sí mismo, no por sus actos.

– No reaccionar de forma desproporcionada cuando mienta, siendo preferible reprenderle o comentar lo ocurrido en privado que hacerlo en público.

– Explicar claramente lo que esperamos en cuanto a cumplir normas y los beneficios que conlleva. Ello le permitirá entender bien la relación entre conducta y consecuencias.

– Fomentar oportunidades para que actúe de forma sincera. Nosotros confiamos en ellos pero deben ser honestos con nosotros.

Guardar proporcionalidad entre la conducta y sus consecuencias. Tan inadecuado es castigar excesivamente una conducta errónea como premiar sobremanera una positiva.

– La mentira no siempre hay que castigarla; a veces es más positivo saber sus razones para mentir, de tal forma que podamos actuar para que comprenda lo valioso de la sinceridad. Aumentará nuestra confianza y al mismo tiempo su libertad y autonomía.

– Liberarse de actitudes neuróticas. Muchas veces reaccionamos con ansiedad ante la simple posibilidad de la mentira: “¿Habrá dicho o no la verdad?” Y cuando la mentira es descubierta, entonces se acosa al niño, se multiplican las preguntas y los interrogatorios, y, haciendo gala de una gran desconfianza, ya no se le cree, aunque diga la verdad.

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¿ES RECOMENDABLE PREMIAR A LOS HIJOS

 

Muchos padres, llenos de buena voluntad, prometemos a nuestros hijos grandes premios para animarles a estudiar. Pero se trata de un método un poco arriesgado que no siempre viene acompañado de mejores resultados. ¿Es una buena estrategia prometer para aprobar?

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Todos los padres deseamos fervientemente que nuestros hijos saquen buenas notas en el colegio. La inteligencia es un factor muy complejo que, afortunadamente, los psicólogos y profesionales de la enseñanza tratan cada día con más delicadeza y profundidad. Ahora ya se sabe que hay muchas clases de inteligencia, una de ellas es la que necesita nuestro hijo para superar sus exámenes escolares. Pero afortunadamente no es la única. Aunque el valor de una persona no puede ni debe medirse por el catalejo miope de las calificaciones académicas, lo cierto es que en la sociedad actual tienen un valor desmesurado, y que los padres hacemos todo lo que podemos para que las notas de nuestros hijos sean lo más brillantes posible.

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Dentro de esta dinámica, un recurso muy utilizado por los padres es ofrecer a su hijo un regalo si aprueba la evaluación o si saca buenas notas. Pero estas técnicas no acostumbran a tener el resultado que habíamos imaginado.

No conozco a ningún estudiante al que le guste fracasar en sus exámenes. La satisfacción por el éxito es algo natural en las personas pero los padres acostumbramos a explotarlo muy poco. Infravaloramos esa necesidad que tiene todo ser humano de demostrarse a sí mismo y a los demás lo que es capaz de hacer y la sustituimos por un bien material. Pero en realidad, la alegría y el bienestar interior que producen el éxito y la superación de las dificultades, no se puede suplir con ninguna recompensa material.

¿Qué pasa cuando prometemos un regalo para que el estudiante apruebe?

Un padre de primero de básica me dijo que le había comprado un juego de construcción a su hijo Antonio porque se había superado en la segunda evaluación. Le dijo: “Si te sigues esforzando y las próximas notas mejoran, te compraré otro juego de construcción”. Supongamos que todo va bien y obtiene el regalo. Cuando llegue segundo, probablemente, Antonio le pedirá a su padre un regalo mejor y más caro. ¿Qué pasará en tercero de primaria?, ¿y en segundo de ESO? Yo lo imagino diciendo a su padre: “O me compras la moto o no apruebo”. Y esa no es una buena manera de proceder. Las buenas notas se han de elogiar, ensalzar, aplaudir, todo lo que queráis, pero jamás comprar. El trabajo del estudiante es estudiar. El nuestro es apoyarle en todo lo que necesite como estudiante y como persona. Reconocerle sus méritos, habilidades y ayudarle a aceptar sus limitaciones que también las tiene, como todo el mundo.

Además, cuando a pesar de la recompensa prometida, nuestro hijo no triunfa, la sensación de fracaso aumenta porque no ha conseguido la meta ni siquiera con los estímulos anunciados. Desde esta perspectiva, cuanto más grande es el premio, mayor es el malestar interior que provoca el fracaso y más disminuye la autoestima.

Quizás tú, como padre o madre, me dirías ahora que te acabo de dejar sin la única herramienta que conocías y ponías en práctica para motivar a tu hijo en sus estudios. En este caso te pregunto: ¿Te funciona? ¿Tu sentido común te dice que los premios que le has dado hasta ahora están dentro de unos límites razonables? ¿Acepta tu hijo que no siempre puede haber premios extras? Si ya tiene más de 10 u 11 años, ¿es consciente de que el regalo es un detalle para demostrar tu alegría por su éxito, pero que lo importante es lo que ha aprendido porque le servirá para aprender más y ser cada día más inteligente?

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Yo no creo que sea una buena técnica prometer para aprobar. Otra cosa diferente es que toda la familia se alegre de los éxitos de uno de sus miembros, lo alaben y lo festejen. Llegan las notas, son buenas, todos nos ponemos contentos, felicitamos al triunfador y se celebra de la manera que a la familia le parezca más oportuna: yendo todos a cenar a su restaurante favorito, al parque de atracciones, regalando (¿por qué no?) aquello que tanta ilusión le hacía y que había pedido para Reyes…

Si la respuesta a estas y otras preguntas similares es positiva, puedes seguir con tu sistema de motivación. Probablemente, junto al premio material pones en práctica otras estrategias de las cuales tal vez no eres consciente.

Pero si los éxitos no llegan, los regalos son exagerados o sientes que tu hijo se está “materializando” e incluso haciéndote chantaje para estudiar, (“si no me compras la moto…”) tal vez sea el momento de buscar otras técnicas más adecuadas y motivantes para tus hijos.

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¿ REESTRUCTURACIÓN COGNITIVA?

Algunos terapeutas que se autodenominan “cognitivos-puros” aplican la Discusión Cognitiva únicamente de manera verbal. De este modo, las sesiones se conforman predominantemente por pláticas espontáneas durante las cuales los terapeutas van implementando los pasos de la técnica mediante una conversación informal. Opuestamente, quienes hacemos Terapia Cognitivo Conductual solemos amalgamar la Discusión Cognitiva con procedimientos de raigambre conductual. Ello otorga más sistematicidad a las técnicas y redunda en un aumento de su efectividad.

 

La Reestructuración Cognitiva constituye sin duda uno de los pilares del trabajo del terapeuta cognitivo conductual en la actualidad. Hace ya más de 30 años que los aportes realizados desde las Terapias Racionales, principalmente los modelos de Albert Ellis y Aaron Beck, se han integrado perfectamente bien con las tradiciones conductuales como la Terapia del Comportamiento o el Análisis Conductual Aplicado. Hoy el modelo puede llamarse sin lugar a dudas Cognitivo y Conductual, resaltando el aporte de ambas líneas de investigación y aplicación. Y este grado de integración no es sólo teórico sino también práctico a la hora de trabajar con los pacientes. En efecto, tanto por su contenido como por su forma, la Discusión Cognitiva constituye un claro ejemplo de cómo los procedimientos de origen cognitivo se entrelazan fuertemente con los conductuales. Particularmente, el comportamiento de  diarios, se destaca como un ejercicio bisagra entre ambas tradiciones.

 

La detección de las interpretaciones distorsionadas

Tal como sabemos, el primer paso de una Discusión Cognitiva bien llevada es la detección de los pensamientos automáticos. Por tal motivo, al iniciar con el procedimiento, le enseñamos a los pacientes las características de los pensamientos automáticos, buscamos ejemplos de su vida cotidiana y típicamente asignamos una tarea: pedimos al paciente que anoteejemplos de pensamientos automáticos que se producen en su ambiente cotidiano. A tal efecto, el terapeuta le da al paciente un registro con algunas columnas que como mínimo incluyen situación, pensamiento y emoción. El registrar en ese formulario, un autorregistro, es una conducta motora.

El acto de tomar nota en categorías prediseñadas ayuda a los paciente a formar de modo práctico las primeras nociones del modelo cognitivo, vale decir, les enseña que lo que piensan influye en las emociones que experimentan. Más allá de cuánto se vean influidos por las situaciones, el pensamiento casi siempre ejercerá un rol modulador sobre las emociones. Para llegar a esto, no sólo acudimos a la Psicoeducación, sino que nos apoyamos en una conducta, escribir el pensamiento. A su vez, la acción de escribir será la resultante de la autoobservación.

¿Y qué es la autoobservación? Pues se trata de otro comportamiento, es justamente una conducta que da cuenta de otras conductas. Como el terapeuta le da al paciente pautas acerca de cómo, cuándo y qué registrar, la autoobservación se transforma en sistemática, tanto así que muchas veces permite la comparación intrasujeto a largo plazo y sirve como una medida de la evolución del tratamiento.

El acto de registrar las cogniciones tiene por sí mismo efectos terapéuticos favorables. Frecuentemente los pacientes afirman que el ver su propio pensamiento escrito les ayuda a darse cuenta de que el mismo no es correcto. Este fenómeno, denominado descentramiento, consiste en un proceso por el cual el paciente toma distancia de sus propias ideas, comienza a percibirlas como lo que son, posibles interpretaciones y no como realidades confirmadas.

La discusión de las interpretaciones distorsionadas

Una vez que el paciente se ha entrenado en la detección de sus pensamientos automáticos y ha comprendido la lógica del modelo cognitivo, el segundo gran paso es la discusión cognitiva propiamente dicha. La misma consiste típicamente en un cuestionamiento de base socrática orientado a que el paciente ponga en tela de juicio sus interpretaciones.

Al igual que en la fase anterior, esta etapa también contiene muchos aspectos conductuales de crítica importancia. En el ámbito del consultorio el terapeuta enseña las bases de la discusión utilizando lápiz y papel, típicamente va guiando al paciente para que anote sus pensamientos automáticos así como la discusión de los mismos y las respuestas racionales resultantes. Luego de este entrenamiento, el terapeuta usualmente le asigna al paciente la tarea de realizar estas discusiones por fuera del consultorio, en los ambientes naturales donde se presenten los pensamientos automáticos. Al igual que siempre, la tarea debe ser efectuada por escrito. El acto de anotar nuevamente va guiado por un formulario con categorías preestablecidas que responden a las necesidades del momento de la terapia y a la naturaleza del problema del paciente.

 

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Así, lo que pedimos que anote por ejemplo, un paciente que padece Trastorno de Pánico suele tener diferencias con lo que le pedimos a un paciente que padece Trastorno Obsesivo Compulsivo. Si bien la técnica madre es la misma, ella admite variaciones de acuerdo al diagnóstico y al caso por caso. Al igual que antes, remarcamos que escribir es una conducta, la cual al ser efectuada de modo pautado ayuda en la generación del aprendizaje de la técnica y colabora con el resultado final de internalizar las respuestas racionales.

Las ventajas de escribir durante la aplicación de la reestructuración cognitiva

El escribir durante la reestructuración cognitiva debe ser visto como un paso ineludible por varios motivos. En primer lugar, porque ello aumenta la manipulación de la información en la memoria de trabajo, facilitando así su traspaso a la memoria de largo plazo y la consolidación final del aprendizaje. Se trata de una situación comparable al estudio de un texto. El realizar un resumen, un cuadro sinóptico, una lista de palabras clave constituyen en sí mismos instancias en el aprendizaje. El resumen del texto muchas veces no es para ser leído, sino que el mismo acto de sintetizar por escrito las ideas importantes es lo que ayuda a fijarlas.

Por otra parte, las mismas categorías contenidas en los autorregistros con los cuales conducimos la Discusión Cognitiva ejercen un efecto terapéutico. Cualquier aprendizaje va a acompañado de la generación de categorías nuevas que servirá para agrupar y ordenar la información que recabamos. En este caso, la información proviene en gran medida de los propios pensamientos del paciente, pero también de los ejemplos cotidianos de su vida que nos darán la materia prima para realizar las discusiones. Al realizar las discusiones por escrito, guiadas por autorregistros con categorías preestablecidas, el paciente no sólo organiza la información de otra forma sino que “recalibra” su función atencional.

En otras palabras, las categorías de los autorregistros son paulatinamente internalizadas a la par que el paciente aprende a tomar en cuenta los datos que contradicen sus interpretaciones automáticas patológicas y negativas. Está ampliamente documentado el hecho de que las personas con patologías psicológicas poseen fuertes sesgos cognitivos que preferencian la información negativa por sobre la positiva o neutral. Pues bien, el uso de autorregistros con categorías prediseñadas para la discusión ayuda a contradecir la operación de estos sesgos al pedir al paciente que oriente su atención justamente en sentido opuesto. Este objetivo es mucho más difícil de lograr si sólo efectuamos la discusión cognitiva de manera verbal, las categorías de análisis nuevas que pretendemos introducir nunca son tan claras como cuando se presentan por escrito.

Otro motivo, no poco importante, para el uso de protocolos escritos en la reestructuración cognitiva es que el disponer de un papel entregado por el terapeuta actúa para el paciente como un estímulo discriminativo que aumenta la probabilidad de que haga las tareas asignadas. Dicho en términos más sencillos, el formulario entregado es un recordatorio que limita la postergación y aumenta el compromiso con los ejercicios propuestos por la terapia.

Finalmente, no podemos dejar de mencionar que el escribir muchas veces disminuye la rumiación, una de las aristas tan lastimosas de algunos desórdenes psicológicos. Al tratarse de una conducta motora, el escribir puede interferir con el circuito de retroalimentación y autoactivación que mantiene los pensamientos negativos en la consciencia del paciente. Tanto es así que existe una técnica parcialmente basada en este principio: el control del estímulo precedente de la preocupación, la cual se aplica especialmente en el T.A.G. No podemos desarrollarla en este trabajo pero el lector interesado puede consultar el artículo… en la presente revista.

El rol de los experimentos conductuales

Ahora bien, aparte de la conducta de escribir, la Reestructuración Cognitiva contiene otro elemento de tradición innegablemente conductual: los experimentos conductuales. Como ya sabemos, gran parte de la Discusión Cognitiva gira en torno a la búsqueda de evidencias a favor y en contra de las cogniciones del paciente. No obstante, frecuentemente nos encontramos frente al problema de que tales evidencias buscadas simplemente no existen, es decir, no hay datos que validen o invaliden las ideas del paciente. Muy habitualmente, esto sucede en los Trastornos de de Ansiedad debido al fuerte componente de evitación que presentan estos cuadros. Así, por ejemplo, un paciente con Fobia Social puede temer que si le pide a un mozo que le caliente un plato de comida, éste último reaccionará con enojo.

Ante la pregunta de cuál es la evidencia que sustenta tal creencia, el paciente responderá que no la hay pues simplemente nunca ha hecho la conducta mencionada. En este caso, deberíamos procurar generar la situación, el paciente debería ex profeso ir a un restaurante, pedir comida, esperar a que se enfríe para luego solicitar al mozo que se la caliente y así poder observar su respuesta. Lo que el mozo diga y haga constituirá una evidencia a favor o en contra de las interpretaciones del paciente. Es a este tipo de tareas sencillas que llamamos experimentos conductuales, un ingrediente infaltable en la mayoría de los casos donde se aplica Terapia Cognitiva. ¿Qué duda cabe que ellos son un procedimiento conductual integrado a los cognitivos? Esto no nos sorprende, al fin y al cabo, ¿cómo podríamos imaginar una discusión cognitiva basada en evidencias de la vida cotidiana del paciente sin que estas evidencias sean producto de algún comportamiento que el paciente ejecuta?

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